Prometí escribir algo, tomar un instante de mi noche para vos, y no, no me refería a imaginarte en pose sexy, no sería justo para ambos, tampoco es la imagen tuya que tengo.
Estás con las medias puestas, recostado en la cama, la notebook sobre las piernas, cansado después de un largo día. Relajás la mente entre las sábanas blancas y limpias, estirás una pierna para sentir el roce frío de su suavidad y disfrutás poder hacerlo a lo largo de toda la cama. Te realizás en tu amplio espacio; otro momento quedará para extrañar, este es tuyo.
En ese espacio me siento invitada, trato de ponerme cómoda y hacerte sentir del mismo modo; con la ingenuidad de una niña me pregunto que te gustará escuchar para poder decirlo y al hacerlo robarte una sonrisa sólo para poder seguir haciéndolo.
Me recuesto en mi cama y cierro los ojos, dejo que las sensaciones me invadan, para que los recuerdos de lo que nunca pasó se agolpen todos juntos en la punta de mis dedos. Empiezo a tipear sin pensarlo.
Placebo suena de fondo y me lleva a las ganas que tuve toda la tarde de poder escucharlo, siento un leve cosquilleo cuando me acuerdo de la tarde.
Consciente de mi propia respiración, siento como el pecho se hincha lleno de aire, los pechos suben y con una exhalación firme vuelven a bajar dejando una sensación de suave liviandad al cuerpo. Así empiezo…
Querer y no poder es horrible, una agonía interminable, pero me encanta, siento como se estiran los minutos, como las ganas no satisfechas se apoderan de mí buscando su cometido. Me gusta estar a un sólo roce de incendiarme sin razón para arder en mí.
Con las piernas bien abiertas me senté sobre su regazo de frente a él, con los rostros cercanos y los pechos pegados.
Nos besamos, cruzamos algunas palabras y siguieron besos más cargados. La pelvis se adelantó un poco, levemente, y recordé cuanto lo deseaba. Ese fue el fósforo que me encendió.
Despacito me froté contra su pantalón del cuál enseguida sentí el bulto crecer para rellenar ese espacio entre mis piernas y las suyas.
Otro beso y pensar que no, que mejor no, para qué seguir más sabiendo que no voy a poder.
Él se adelanta, me obliga a bajar más contra sí, que sienta como hace fuerza para rozarme de lado a lado a través de las calzas que llevo puestas.
En cuanto la erección me acarició no pude evitar refregarme, primero más despacio, después con más fuerza, que el miembro inflamado me masturbe hasta tener un muy suave orgasmo.
Me gusta ese momento en el que no importa nada, donde no hay vergüenzas ni represiones, estoy caliente, me gustás, quiero hacer esto que se siente increíble, ya no aprisiono la excitación, la dejo fluir hasta que tome la fuerza de las olas, porque sí, me gusta tu pija cerca mío, tanto que no puedo más que desearla adentro, que llegue al fondo y la sienta golpearme en el cuello del útero.
Retumba, llega tan lejos que siento cómo me martilla por dentro, el eco de mi concha se expande hacia el resto de mi cuerpo, cada golpe toca el tope y siento cada escalofrío como estertor.
No dolía, tenía que respirar profundo, pero no dolía: estaba muy caliente, sabía como llevarme un poco más allá.
Una vez me dijo que mire y me encontré abierta como nunca antes, ya no una flor que se expande cual capullo, sino un campo basto para que él pasara su lengua por donde deseara. Recorría cada pliegue con devoción, ese momento era para adorarme, para perderse entre mi piel, para alimentarse de mis fluidos y que en la oscuridad que precede al estallido de orgasmos concatenados, me pudiese perder en él, hasta que sepa de qué estoy hecha.
Me hacía mirar, ese era el detalle.
Abro los ojos y vuelvo en mí con las ganas en la punta de los pezones duros, de la lengua que pide otra que la bese, del clítoris inflamado y de los dedos que escriben esto; las guardo.
Acostado, con panza y medias, me gusta pensarte.